martes 17 de noviembre de 2009

Una noche envolvente.

Una noche envolvente, oscura, densa me rodea dinámica. Fluye por mis cuatro puntos cardinales, abraza mis brazos y me besa la cara sin detenerse ni un segundo, como si estuviera hecha de tiempo. Me tiemblan las rodillas, inquietas en las piernas que apenas me sostienen. Tengo todo el mundo por delante, enorme, vasto. Lo siento, pero no lo veo. Sólo negro.

Por alguna extraña razón sé que debería moverme. Y la velocidad de la noche me dice que lo hago, aunque sé que no. Que falla algo, que todo es estático y permanente, aunque me vaya deshaciendo sin deshacerme. Me miro los dedos. Tengo las manos muertas y no llego a verme los pies, del vacío oscuro. La noche que casi me atraviesa se lleva los pigmentos de color que tiñen mis dedos y los veo irse, dejando una estela corpórea en este alrededor pasajero que no es aire.

Trato de explorar, de ver. Pero decido esperar y pienso. Pienso en ti, en ti y luego en ti. Y todas son Ella. Y me dueles de una forma física mientras la brisa me decolora. Pero ahora está claro, no es brisa. Es una corriente. Una corriente de agua. Lo noto porque no respiro y porque me pesan los pulmones. No sé si moverme, no sé si puedo. Extiendo los brazos y me crucifico sin cruz, quedando blanco en el espacio acuático. Noto la corriente, constante, permanente pero incesante, desdibujando mis contornos. Sigo dejando esa estela de color y la veo alejarse sin mirar atrás. Me quedo poco a poco en blanco y negro.

Por fin, advierto un cambio de luminosidad. Escucho el silencio y, aun con los brazos en cruz, miro hacia el cielo. Pero no hay cielo, porque el cielo está tapado por mi cielo. Y mi cielo es extraño. Comienza a ser violáceo y parece tener un grosor mínimo. Es un cielo con superficie y en esa superficie se abren heridas de un rojo sangrante que se cierran inmediatamente. Son como la brisa-corriente. Se acompasan entre sí, como una laceración causada a voluntad y desde dentro. Como si la sangre quisiera respirar y salirse del cuerpo. Yo ya no sé si tengo sangre.

Decido bajar un brazo y veo que tengo una uña enorme en mi mano blanca. La acerco a mi otra muñeca y la hundo en mi carne. Corta como un cuchillo malo, me desgarra y libera la sangre. Sí, todavía tengo sangre. Y es roja entre tanto blanco y entre tanto negro. La veo huir con la corriente y ascender hacía el cielo herido. Es como el humo de un cigarrillo que se desangra. Sonrío mientras escuchó cómo se mueve el suelo.

Entonces decido moverme. Ya hay más luz y me puedo ver los pies desnudos. Pisan un suelo de madera. Hay una barandilla delante de mí. Me sujeto a ella mientras la nube de sangre se disuelve a mi alrededor. La luz se intensifica y comprendo lo que es el cielo. Es la primera vez que lo veo así. Porque ese cielo había sido mi suelo muchas veces. Lo había surcado con brisas en mis brazos, brisas que no eran corrientes y que no se llevaban mi sangre ni mi color.

Estoy en la proa del barco. Es un barco enorme y terrible. Tan terrible como cualquier barco hundido. Siento como el mar respira a mi alrededor y toma aliento mientras el sol lo atraviesa con espadas de luz que irisan la sangre que me envuelve. Camino por la cubierta e imagino mi cadáver flotando, tan blanco como yo, tan absurdamente flotando en mi camarote. Las sillas no flotan, los muebles están clavados al suelo. Y el agua es trasparente, casi parece aire. Abandono el cielo con olas, que ya no son rojas sino blancas y me interno en los pasillos, hasta llegar a mi camarote.

Ahí estoy. Tal y como imaginaba. Blanco, hinchado. Absurdo. Flotando en una habitación donde todo permanece pegado al suelo. Parezco un globo con los ojos cristalizados. Me miro fijamente y veo la herida de mi muñeca. Igual que la mía, pero sin sangre. Es una herida irregular, irreal. Y me enfado, porque no sé qué fue antes. No sé si me mate antes de hundirme o me hundí sin darme cuenta de que me mataba.

martes 10 de noviembre de 2009

Che, qué cosas.

Hace unos días excedí por mucho mi dosis indispensable de un café al día. Ese maravilloso momento de placer cafetero que sucede a la comida y mezcla su aroma con el sol de la sobremesa se repitió dos veces más durante la tarde. Ello me llevó a un estado de euforia considerable que se prolongó más de lo deseado. Así que, tras pasarme toda la tarde y parte de la noche pataleando y tamborileando con los dedos sobre la mesa, el mando a distancia, un vaso, el sofá, etc., deseché la posibilidad de dormirme a una hora decente. Y encendí la televisión.

En vista de que los canales habituales ofrecían una programación deplorable –concursos para timar televidentes insomnes-, me aventuré en la jungla de la TDT. Yo soy nuevo en estas lides. Apenas llevo tres semanas con el decodificador y, en consecuencia, el atractivo de lo desconocido fue bien acogido por mi cafeínico ánimo. Pasé cadena tras cadena, sin enredarme con ninguna, hasta llegar a una en donde un señor rapado y agresivo te ponía prácticamente de tonto si decidías no comprar su producto: El último grito en “alargadores de pene por tracción”.

A mí sólo de escuchar el nombre se me pusieron los pelos de punta. Mis nociones de física son muy básicas y, al escuchar la palabra “tracción”, se me vino a la cabeza un todoterreno enorme “ayudando” al interesando con su complejo genital. Sí, tal vez sea una imagen, digamos, potente. Pero la realidad tampoco era mucho mejor, pues entre las maravillas del producto se destacaba su capacidad para traccionar hasta dos mil gramos, con el consiguiente acortamiento del tratamiento y alargamiento del objetivo.

El caso es que ya había visto otro anuncio similar, en el que una simpática señorita afirmaba sonriente: “Yo no sé a otras, pero a mí me gustan grandes”. Pero en este vi algo que me fascinó y me hizo atragantarme de risa. (Sé que a estas alturas la frivolidad del presente artículo parece demasiada hasta para mí, pero permítanme seguir, que todo esto lleva a una reflexión interesante). En este anuncio también tenemos una simpática señorita. Pero con más texto. Y sin desperdicio:

-¿Qué por qué un hombre debe agrandar su pene? Yo le daría la vuelta y diría “¿por qué no?”. Ya está visto que nosotras, para estar mejor, agrandamos nuestros pechos, nuestros labios, y a todo el mundo le parece bien. ¿Por qué no va a ser igual para vosotros? Sin pelos en la lengua; si vuestro pene es más grande, todo son ventajas. Seréis mejores amantes, porque nos llenaréis más y estaremos deseando hacerlo y nos dolerá menos la cabeza.

Bien, querido lector. Si no ha sonreído es porque se ha quedado en shock. Ambas reacciones son comprensibles y dependen de nuestra sensibilidad para escuchar barbaridades. Vamos a analizar brevemente este pequeño monólogo que, en mi opinión, es ya un momento cumbre de las artes escénicas.

En primer lugar, la simpática señorita comienza con un alegato de resentimiento en el que razona el paralelismo entre las operaciones de estética, mayoritariamente femeninas, y el alargamiento del pene. En un principio, podría parecer hasta feminista. Algo así como: Por fin han encontrado las mujeres un instrumento de tortura masculina con el que resarcirse de todas las operaciones de pechos.

Sin embargo, cualquier feminista, o persona con un gramo de sentido común, defendería que tales operaciones no deben de orientarse a satisfacer los anhelos eróticos de nuestras parejas –que deben querernos tal y como somos-, sino a solventar posibles inseguridades psicológicas. Y esto siempre que sólo la cirugía sea capaz de resolverlas, pues hay muchos más cauces para aceptarse y convivir con nuestras particularidades.

Pero la simpática señorita no podía quedarse en esta especie de resentimiento de feminismo mal entendido. No, ella tenía que poner la guinda. Resulta que una mujer necesita un pene gigantesco que “la llene” y le quite el dolor de cabeza. Según esto un pene enorme es la panacea para cualquier fémina. Aunque diga lo contrario.

Sí, querido lector, si a su pareja le duele la cabeza, es que tiene un pene ridículo. Y usted, querida lectora, si además de dolerle la cabeza se siente vacía, no se tome un cola cao y una aspirina. Hágame caso, cambie de pareja.

Che, qué cosas.

martes 3 de noviembre de 2009

Odio a los padres.

Sitúense. Sin lugar a dudas esta es su noche. Se han puesto guapos, han pasado más tiempo del conveniente delante del espejo, colocando cada cabello como si fuera la pieza clave del entramado que sostiene su autoconfianza. Tras esto, han mirado el reloj también más de lo conveniente. Puede que incluso hayan dudado de su precisión y hayan acudido prestos a contrastar la hora con la de cualquier otro dispositivo doméstico. Después de la intensa espera intentando no arrugar ni un milímetro de su indumentaria, ha llegado el momento. Ahora, su espectacular y ansiada cita llegará y juntos acudirán a un restaurante nocivo para su cuenta corriente, y lo harán con una sonrisa en los labios.

De acuerdo, todo va genial. Su pareja está tan espectacular como habían previsto. Se lo han hecho saber y han sido correspondidos por su parte con una observación similar. Caminan por la calle, henchidos de orgullo, porque cualquier pareja, además de una persona, es también un bello complemento –y perdonen mi frivolidad-. Durante el transcurso, se cogen del brazo y ahogan un suspiro de alegría. Además, en contra de sus temores, no se han bloqueado en la interactuación. Es más, su conversación es ágil, relajada, ingeniosa. Puede que hasta cómplice en algunos momentos.

Entonces llegan al restaurante. Un sitio elegante, sin duda, de líneas minimalistas y modernas, pero sin la “insaciante” comida minimalista y moderna que se podía esperar (o al menos eso le ha dicho el amigo que se lo ha aconsejado). Así pues, entran y son atendidos inmediatamente por un tipo de porcelana y gomina que los conduce hasta la estupenda mesa que habían reservado el día anterior. Ahí están, un tanto nerviosos, porque es su primera cita seria, los dos solos, pero se sienten a gusto, pues es evidente su atracción mutua. La expectativa es máxima.

Eligen el vino y esperan la comida. Sería difícil mejorar en algún sentido la situación. Parece que nada puede salir mal, pero entonces llega una familia con dos niños. Todos van impolutamente vestidos, excesivamente repeinados y hablan demasiado alto. Con terror, observan cómo se sientan en una mesa muy próxima a la suya. Están esperando a otra pareja, igual de impolutamente vestida e igualmente “bendecida” con dos adorables querubines.

Al poco de sentarse, las parejas comienzan a hablar entre sí y los niños se aburren. Su animada conversación con la deslumbrante persona que tienen delante empieza a resentirse por las faltas de atención, resultado del inicio de la rebelión infantil. Los padres permanecen absortos en sus conversaciones, mientras los niños se levantan y empiezan a pasear libremente por el comedor. Usted, convencido de su Karma, intenta concentrarse en seducir a su cita, pero de improviso se encuentra con una de las demoniacas criaturas mirándole fijamente a escasos treinta centímetros de su rostro. Usted lo fulmina con una mirada que lo hace retroceder, pero esto es sólo el comienzo.

El niño vuelve, mientras dos más corren ya entre las mesas. Pide disculpas a su pareja y se levanta, para advertir educadamente a los padres del “descuido” que han tenido con sus hijos. Ellos responden con una especie de ofendida educación y llaman, voz en grito, a sus dobles pequeños. Pero la calma dura poco tiempo, vuelven las carreras. Esta vez llama al camarero y le pregunta por el teléfono de Herodes. El camarero, ya con un niño estirándole de la chaqueta, capta la sutil indirecta y habla con un superior para que informe a los padres de la fascinante capacidad de sus hijos para importunar comensales.

De nuevo, la ofendida educación y unos minutos de calma. Y cuando ya parecía que podría retomar el control de su prometedora cita, uno de los niños le tira un vaso de Coca Cola por encima. Ya es demasiado. Tenía que pasar. Como dice Rajoy, que de eso sabe: “Santo Job sólo hay uno”. Fuera de sí, usted se levanta, coge al niño por el pescuezo y le hunde la cara en la cubitera de la bebida, ante la horrorizada mirada de su acompañante. No puede evitar lanzar una escalofriante carcajada y la expresión de su rostro se torna maléfica mientras saca al pequeño medio ahogado y le dice: “Ahora reprodúcete si tienes huevos, maldito gremlin”.

Lo siguiente que ve, después perder la consciencia a consecuencia de un certero botellazo en la nuca, es el techo de un calabozo de la comisaría. Y lo primero que piensa es que nunca tendrá hijos, porque no quiere matar a nadie, ni quiere ser un padre de ofendida educación. Además, visto lo visto, su deslumbrante acompañante ya no lo verá como el padre/madre ideal. Eso desde luego.

Iba a decir que odio a los niños. Pero sólo los odio por ser una envilecida versión de bolsillo de sus impresentables progenitores.

martes 27 de octubre de 2009

Buenas intenciones.

Hoy estoy aquí, más triste que de costumbre y tan fracasado como viene siendo habitual. Y sin embargo, ya les he expresado en muchas ocasiones mi firme determinación de que este blog no se convierta en algo repugnante, similar a un diario personal, que en nada tiene por qué interesarles. Y a mí nada me gusta menos que airear problemas personales, por mucho que aprecie su empatía y paciencia para leerlos.

Pero sí me gustaría reflexionar sobre las buenas intenciones. Como ustedes sabrán, hartos de mi insistencia, soy de la opinión de que hasta el más altruista de los comportamientos esconde un velado interés personal, muchas veces oculto hasta para el propio “interesado”. Así pues quizá recuerden mi particular teoría sobre el egoísmo altruista, según la cual, el enamorado da la vida por su amada porque sería incapaz de soportar una vida de ausencia y enfrentarse a la culpabilidad de “no haber hecho todo lo posible”.

Así pues, supongo que las buenas intenciones, sin ser tan radicales, también obedecen a intereses personales que, bien de manera consciente, bien de manera inconsciente, manejan nuestro proceder en el sentido adecuado. Es decir, en el sentido que nos hace parecer buenas personas. No obstante, existen comportamientos generosos que perjudican al que los ejecuta, pero se referirían a aquellos que tienen algún tipo de vinculación afectiva y cuya negación puede generar un sentimiento de mala conciencia.

Entonces, con estas premisas un tanto desengañadas y derrotistas, me enfrento a mis propias buenas intenciones y a su fracaso. Les prometo que intento hacer bien las cosas, que trato de ser cortés, transparente en la medida de lo posible y, sin embargo, descubro que todo cuando estaba haciendo funciona en la dirección opuesta a mis intenciones.

Desde luego, mis intenciones no son loables, pues, en efecto, de culminar correctamente, no sólo beneficiarían al sujeto receptor, sino también a mí. Así las cosas, yo contraigo una especie de deuda moral con una determinada persona y hago todo lo que puedo por solucionarla. Y entonces, me equivoco aun más y agravo el problema, quedándome más desorientado y con el peso de una culpabilidad mucho mayor.

Yo no me niego mis buenas intenciones, pero sí dudo de su efectividad. Ahora estamos peor que al principio y me pregunto: ¿En realidad pensaba que mi actuación beneficiaría a la otra persona o sólo esperaba beneficiarla para cubrir mi deuda moral con ella? Y probablemente la respuesta no me guste nada. Porque, aunque yo no fuera consciente, seguramente buscaba un beneficio egoísta por encima del común. Y eso es tan humano como reprobable.

Si nuestras buenas intenciones no lo son; si no queremos más que complacernos a nosotros mismos. Si los actos aparentemente desinteresados no lo son porque nos hacen sentir bien o porque nos evitan la mala conciencia de no acometerlos, ¿en qué lugar quedan los pocos ideales a los que pretendo ser eternamente fiel?

Quizá deba aceptar que todos actuamos así y que, al fin y al cabo, no es tan malo. Pues las personas siguen queriéndose y odiándose. El sol sigue saliendo y empapando de amarillo las paredes de las casas y los desconocidos siguen mirándonos con una mezcla de indiferencia y curiosidad. Tantos desconocidos en esta ciudad gigantesca, siendo educados o maleducados, con mayor o menor conciencia. Pensando bien y mal y sin saber si algún día llegarán a conocerse.

No sé si daría más valor a las buenas intenciones de un conocido o de un desconocido, pero se me ocurre que las malas intenciones sí son sinceras. Son despreciables, sólo buscan el beneficio propio. Pero son conscientes, ciertas, inequívocas, objetivas y, desde luego, si fracasan, sólo dejan las cosas mejor de lo que estaban. No como las buenas.

A veces el mundo es un lugar parecido al infierno. Y dicen que el infierno está plagado de buenas intenciones.

(Seguramente el cielo de malas- dijo un ateo).

martes 20 de octubre de 2009

Ser feliz sin saber cómo.

Es posible que alguna vez les haya hablado de mi gusto por la incertidumbre, pero soy así de recurrente. La mayoría de las personas basan su vida en un plan estratégico establecido de antemano con la pretensión –estúpida e inocente- de prever y solventar los problemas que se presenten. Por supuesto, el plan suele ser una idealización de la vida que es incapaz de cubrir los contratiempos que a todos se nos presentan.

Sin embargo, cada día, millones de personas se levantan con una mueca de asco en la cara, se miran al espejo con desprecio y se animan a continuar así durante el resto de su vida. ¿Por qué? Porque es “lo que hay que hacer”. Hay que aguantar los desplantes de un jefe –tan amargado como el subordinado-, mientras desempeñamos una labor que poco tiene que ver con nuestro oficio vocacional. Asimismo, también tenemos que llegar a casa para convivir con una pareja que está tan cansada de nosotros como nosotros de ella, mientras nos planteamos tener hijos para atarnos de por vida y fracasar poquito a poco, en silencio, apenas con miradas, pero profunda y definitivamente.

Y lo seguiremos haciendo. Y nos miraremos con desprecio en el espejo porque no nos terminaremos de reconocer. Porque, aunque lo sabemos, somos incapaces de asumir que nuestro plan de “vida ideal” sólo es una impostura, un trasunto grotesco de la vida que queríamos llevar. Es cierto que yo aun soy joven y es cierto que soy presa de una desorientación existencial que resulta hasta cómica –desde mi humor, un poco cínico-. También es cierto que todavía tengo un montón de realidades en potencia para explorar y que no estoy siguiendo ningún plan maestro para mi devenir. Simplemente verlo venir y adecuarlo en la medida de las posibilidades a mis deseos.

También sé que la situación se complica a medida que el plan vital avanza y va adueñándose de todas las facetas de nuestra realidad, hasta el punto de supeditar nuestras ilusiones a la correcta consecución del plan. Nos reprimimos y censuramos nuestros deseos, que son contrarios al absurdo contrato inmaterial asumido con nosotros mismos. Y, de esta manera, nos reñimos cuando miramos a otra persona como posible (y tal vez más conveniente) pareja, distinta de nuestra cárcel sentimental. También desechamos proyectos profesionales que nos ilusionan mucho más que aquellos que nos amargan y anulan, mientras ayudan al sostenimiento del maldito plan.

Hay personas que tienen el valor necesario para llegar a un punto crítico y romper con todo. Es más fácil cuando se está sólo, cuando el plan no incluye a una pareja, hijos, responsabilidades varias… Y, a los ojos de los demás, implica un fuerte componente egoísta indiferente a la valentía real de tomar semejante decisión. Tal vez, tras la reprobación se esconde el deseo de los demás de dar el mismo paso y la envidia por su falta de fuerza para acometerlo. Seguramente resulte duro quedarte en tu cárcel voluntaria al tiempo que los demás consiguen salir, dejando solo al reflejo malencarado del espejo matutino.

Tras la decisión, viene la indecisión. Las dudas, el anhelo pasajero de la seguridad pasada. Tras la decisión, viene la incertidumbre. Y viene con todas sus consecuencias, pero también con todas sus posibilidades. Viene con la ilusión de atender a nuestros deseos por encima de los convencionalismos y con la experiencia de saber qué errores no debemos cometer. Viene cargada de sinrazones y aún así con todas las razones del mundo para ser elegida.

Porque es fácil ser feliz sin saber cómo. Porque es la única manera de serlo. Porque todos los planes hechos de antemano para construir la felicidad estándar y socialmente aceptada fracasan, al igual que fracasa la sociedad. Porque la felicidad no la da un buen trabajo, una buena pareja, unas amistades convenientes y saber que hoy será igual que mañana. La felicidad la da el oficio que nos hace ser quienes somos, el amor –variado o definitivo-que apasiona, unas amistades incondicionales y, sobre todo, la incertidumbre que permite a “mañana” ser mucho mejor que “hoy”.

martes 13 de octubre de 2009

Puro recuerdo.


Queridos lectores, esta semana el tiempo se ha precipitado desde un precipicio de inconsciencia y me ha caído encima sin el consiguiente artículo escrito. Es un tiempo denso, que pesa cuando cae y te cala las ideas, las inunda y te las deja flotando, a ver si tienes habilidad de pescar alguna que merezca la pena.

Pero hoy no. No quiero aburrirles con historias de un puente pasado con mis amigos, porque básicamente no creo que les interese lo más mínimo. Tal vez podría recurrir a lo de siempre, que a su vez sirve para demostrar mi convicción de que, en lo esencial, en las relaciones afectivas, casi todos nosotros compartimos esperanzas, miedos y deseos. Podría, en efecto, hacer extensibles mis sensaciones a las que podrían experimentar ustedes, pero de verdad que no me veo con destreza.

Así pues, he pensado que quizás no fuera mala idea hacer un artículo de descripciones. Como no tengo fuerzas para pasar las impresiones por el tamiz de la prosa común y entregárselas a ustedes, voy a intentar reflejarlas en bruto y compartirlas, sin mayor pretensión que llevarles un trocito de momentos que, seguramente, le recuerden a alguno ya vivido.

La habitación no es muy grande, pero tampoco agobiante. Las paredes están cubiertas de esa decoración que uno nunca pondría en su casa y que abundan en las casas rurales, como es el caso. El suelo es de barro cocido, de un color marrón rojizo que intensifica esta atmósfera cálida en la que me veo inmerso. En el centro de la habitación, un sofá verde con forma de “U” me acoge a mí y a unos cuantos amigos más. A ratos no escucho las conversaciones y la luz se va tornando amarilla, mientras se apagan las palabras. Veo las caras, sonrío, y pienso que quiero recordarlo todo. Y ya lo he olvidado.

La terraza está situada en la parte delantera de la casa. A ella dan las ventanas del salón. Yo estoy sentado en un sofá, solo frente a la espesa vegetación que comienza donde terminan las escaleras del porche. La tarde ya anochece y el cielo se torna rojo y violeta, mientras tiñe unas nubes desgarradas en jirones a lo largo del horizonte. Se ha levantado viento y veo como las hojas de los árboles rozan entre sí, produciendo un susurro que deja de escucharse cuando se lo ignora. Tengo en mis manos un cuaderno en el que dibujo los arcos de la terraza y la escalera que baja al jardín. Sombreo el dibujo lentamente, al tiempo que pienso en cosas en las que no debería pensar. Entonces alguien me trae un café caliente, me rescata de mis pensamientos y se queda conmigo, sonrío de nuevo y pienso que quiero recordarlo todo. Y sólo me queda el torpe dibujo.

Es ya muy de noche, aunque no tanto como para ser de día. En uno de los rincones del jardín, la omnipresente vegetación se abre y deja espacio a una pequeña piscina de agua azul –azul triste-. Unas cuantas piezas de madera de teca sirven de borde y separan la piscina de la grava que la rodea. Sobre esas piezas de madera cálida pese al frío, estamos tumbados unos cuantos amigos. Bromeamos sobre cosas intrascendentes, mientras nuestros ojos se pierden en un cielo al que no estamos acostumbrados. Pienso en la posibilidad de ver la luz de estrellas que ya no existen. Pienso en si ellas se habrán enterado de que no existen, porque yo todavía puedo verlas. Pienso en la posibilidad física de ver el pasado e intento que sea así cuando quiera recuperarlo. Pero lo he vuelto a olvidar.

Y sólo me quedan esas estrellas, ignorantes de su inexistencia, que son puro recuerdo.

martes 6 de octubre de 2009

Historias de amor.

Los que me conocen (y aun así quieren seguir tratándome) saben que no soy dado a recomendar películas. Porque me parece algo similar a recomendarles mujeres a los amigos –a las amigas siempre me autorrecomiendo-. Suele resultar un compendio de desilusiones y desencuentros: Qué si no era para tanto, que si es muy aburrida, que si es muy cursi, que si es muy lenta –hablo de películas, que conste-. Así pues, en esta ocasión transgredo mi propio código peliculero y les recomiendo una: El secreto de sus ojos.

¿Qué por qué se la recomiendo? Porque hacía mucho tiempo que una película no conseguía hacerme reír, llorar, desear, reflexionar sobre mí y un etcétera que no viene al caso. Seguramente y como me pasa con mis amigos y las mujeres, a mi me gustará más que a ellos/ustedes porque soy yo quien la ha visto y quien opina desde la más absoluta subjetividad.

Si bien, podría darles puntos más o menos objetivos, o, mejor dicho, técnicos. Podría explicarles que tiene una fotografía muy cuidada. Podría alabar el trabajo de los actores; formidable Ricardo Darín, maravilloso Guillermo Francella. Podría llamar su atención sobre el increíble trabajo de cámara realizado en la secuencia que se desarrolla en el estadio… Y, por supuesto, no estaría diciendo nada.

Porque lo realmente increíble de esta película es que tiene vida, en el sentido más literal del término. Les garantizo que reirán y, a los que no estén hechos de piedra, les garantizo que llorarán. Y probablemente se vean impelidos a registrar su pasado –el pasado enterrado- en busca de algo que no se atrevieron nunca a hacer y que ha marcado su vida, por mucho que lo nieguen.

Y es que nos pasamos la vida viviendo y se nos olvida que nos morimos. Vamos dejando las cosas para “mañana” y “mañana” termina por enfrentarnos a un espejo en el que no nos reconocemos. Y no nos reconocemos no por viejos, sino porque no somos los viejos que queríamos ser. Porque en un pasado nos callamos y dejamos nuestros sueños en manos de un futuro más valiente, más fácil o más propicio.

Sin embargo, cuando vemos que ese futuro al que le dejamos tanto trabajo atrasado se ha convertido en pasado y cada vez queda menos, entonces nos lamentamos. Lamentamos no ser quienes queríamos, pero evitamos admitir que tampoco en el pasado éramos quienes debíamos, porque si no, habríamos tomado la decisión adecuada.

Nunca hay que dejarse el amor en el tintero. Ni menos aun escribirlo como ficción, sino hablarlo, lanzarse de cabeza sin pensar en el golpe terrible. Pues es mejor un golpe terrible que una agonía de toda una vida. Y ver cómo la mujer de tus sueños se promete, se casa delante de ti, tiene hijos que no son los tuyos y envejece sin compartir todo lo que le habrías regalado. Uno nunca debería quedarse con la duda.

Por supuesto que existe el fracaso. Pero también existe el fracaso valiente y es aquel que tenía opciones de triunfo. Si optamos por callarnos, por mirar, por lamentarnos y autocompadecernos, fracasaremos para siempre y desde el primer momento. Sin remedio. Sé que suena a tópico que habrán oído mil veces, pero es cierto que uno se arrepiente más de las cosas que no hizo. No hay nada peor que perder la oportunidad.

Aun así, quizás nos quede un as en la manga. Quizás estemos a tiempo de vivir lo que nos negamos a nosotros mismos. Quizás no somos tan feos, ni tan tontos, ni tan poco merecedores de sus besos. Quizás sólo lo hemos sido porque es lo que nos decíamos día tras día. Pero es posible que haya un triunfador escondido entre tantísimo miedo. Y aunque se fracase, puedo asegurar que la paz es mayor.

Dense una oportunidad. Vayan al cine, llévensela/lo y díganle que nunca es tarde. Porque esta película, en el fondo, es una preciosa historia de amor. Y su vida debería superar a la ficción. Porque no todas las historias de amor son felices, pero todas las historias felices son de amor.